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Fernando García de Cortázar, historiador y escritor
 
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Entrevista a Fernando García de Cortázar por Juan Pablo Fusi

«Quiero para España lo que es normal en cualquier otro país moderno»

La concesión del Premio Nacional de Historia 2008 a Fernando García de Cortázar ha premiado, sin duda, su libro de Historia de España desde el arte, una original aproximación a la historia de España desde la mirada de la pintura, la escultura o la arquitectura. Pero ha premiado también toda su labor de historiador, plasmada en cuarenta y cinco libros, y a una brillantísima trayectoria intelectual que ha hecho de él una figura especialmente relevante en la vida pública española de los últimos veinte años. Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Deusto, es autor además de importantes series televisivas de divulgación histórica.

- Juan Pablo Fusi: ¿Por qué te hiciste historiador?

- Fernando García de Cortázar: Después de terminar la primera etapa de mis estudios eclesiásticos que incluían latín, griego, literatura española y universal y filosofía, elegí estudiar Historia, tras algunas vacilaciones pues también me atraían grandemente los estudios de literatura, la belleza de la palabra escrita y la creación poética.

Con un cierto criterio utilitarista y oyendo los consejos de mi hermano mayor, ya doctor en Historia Medieval, me decidí por la Historia, pensando que el conocimiento del pasado me acompañaría más que la estética literaria y me explicaría mejor el mundo que la poesía. De todas formas, el amor a la literatura siempre me ha acompañado y el cuidado por la forma y la expresión han sido preocupación constante en mi trabajo de historiador, que se ha ido acentuando a lo largo de los años y contagiando a mis numerosos discípulos. El historiador ha de procurar no maltratar a sus lectores con un lenguaje zarrapastroso o lo que es peor, pedante. Antes al contrario, ha de conseguir que queden atrapados por el relato de la Historia, sin renunciar al poder de la narración y utilizando la fuerza de los estilos y recursos literarios. Acertar con las descripciones imprescindibles, modelar con mimo cada frase, dotar al texto del ritmo necesario para que los párrafos y los lectores no caigan desmayados… son metas a las que no debemos renunciar los historiadores que también hemos aprendido que el medio, media. Lamentablemente en la Universidad española se descuida un poco la forma y a los historiadores en ciernes se les exige, sí, que sepan historia, pero no que sepan trasmitirla, que sepan contarla con amenidad y belleza. La causa de que la alta divulgación fuera casi desconocida en España –no así en el resto del mundo– hay que buscarla en la dificultad del cometido que exige cualidades narrativas, formación interdisciplinar y difícil arte de la síntesis.

«El historiador ha de procurar no maltratar a sus lectores con un lenguaje zarrapastroso o lo que es peor, pedante. Antes al contrario, ha de conseguir que queden atrapados por el relato de la Historia, sin renunciar al poder de la narración y utilizando la fuerza de los estilos y recursos literarios»

- J.P.F.: Hablemos de maestros en la universidad, ¿quiénes fueros los suyos?

- F.G.C.: Si como decía el poeta Rilke «mi patria es mi infancia», yo deberé reconocer en Salamanca a mi patria universitaria. A esta hermosísima ciudad le he dedicado en mi último libro Breve historia de la cultura en España mi aliento más poético. En la universidad de Salamanca conocí a dos verdaderos maestros, de esos que pienso ya no abundan en la actual universidad española. Allí fui alumno del historiador donostiarra Miguel Artola, cuyos Textos fundamentales para la Historia, nacidos de su asignatura Historia Universal que yo recibí impartida por él, definen una inquietud por los aspectos fundamentales de la Historia, por ir al grano, por la síntesis, que marcaron desde el comienzo mi actividad como historiador. También en la universidad salmantina pude disfrutar del magisterio del filólogo Fernando Lázaro Carreter, que todas las semanas, ayudado por el su entonces ayudante Ricardo Senabre, nos imponía un ejercicio de redacción que más tarde era comentado –¡día del escarnio!– con los dardos de sus palabras. Mi preocupación literaria, mi voluntad de estilo arranca de aquellos años.

Terminada la carrera será Miguel Artola quien dirija mi tesis doctoral y quien me oriente hacia el estudio de la Historia de la Iglesia, mientras me estrenaba como profesor en la Universidad Autónoma de Madrid. En los años finales de los sesenta y principios de los setenta la moda investigadora se inclinaba mucho más por el movimiento obrero que por los curas y obispos. A mí, Artola me hizo ver la extraordinaria importancia de la Iglesia en la historia de España; y, sin prejuicios apologéticos y con notable espíritu crítico, me acerqué a aquella, al estudio de sus efectivos y funciones, a su querencia política, al entramado de sus desconocidas finanzas, a su instinto de supervivencia, a su oportunismo, a su rabioso temporalismo. Pero también pude reflejar su meritoria labor asistencial, su empeño educativo y ciertas subsidiaridades que históricamente han competido a los Estados. En estas tareas, en las que se mezclan actitudes de desprendimiento heroico con intereses personales y colectivos menos altruistas, también se proclaman algunas de las esquinas de la Iglesia.

Al enseñar viejas y nuevas heridas o cicatrices de la Iglesia en Los pliegues de la tiara no lo hice a beneficio de inventario sino creyendo que era la mejor manera de servir al presente. Quienes tuvieron a su alcance, aunque fuera brevemente, la posibilidad de mejorar el mundo sobre el que ejercieron su inmenso poder espiritual y material no pueden esperar para sus aciertos o errores la tibieza de la Historia. Aunque mi inicial especialización como historiador de la Iglesia la cultivo, ahora, a medias, me ha provisto de una especial sensibilidad crítica hacia el ejercicio del puro poder en la institución eclesiástica y hacia la práctica de los derechos individuales dentro de la propia Iglesia. Pretender la libertad hacia fuera y reprimirla en su interior ha restado credibilidad a la institución eclesiástica y ha ofrecido un flanco débil al comentario crítico del historiador.

«Quienes tuvieron a su alcance, aunque fuera brevemente, la posibilidad de mejorar el mundo sobre el que ejercieron su inmenso poder espiritual y material no pueden esperar para sus aciertos o errores la tibieza de la Historia»

- J.P.F.: Tu compromiso permanente en el País Vasco, en defensa de la libertad, el pluralismo y la verdad histórica, te retratan como historiador militante.

- F.G.C.: Desde el comienzo de mi itinerario como historiador creí en el compromiso con la sociedad y con el presente y pensé que la historia no debía ser un mero divertimento culturalista para diletantes sino, ante todo, un verdadero instrumento de cambio del mundo. Es fácil alancear moros muertos o Francos del Valle de los Caídos o hacer turismo revolucionario sin apuesta moral o riesgo, más difícil y arriesgado es denunciar con el arma de la Historia el poder vigente que premia y castiga, subvenciona o margina. La inmediatez del combate político, en pleno fragor del antifranquismo universitario, me confirmó en la idea de que la Historia no podía ser un mero objeto de lujo, de tertulia erudita. En este ámbito, es frecuente dar gato por liebre, apañando telarañas, desvendando momias y asegurando obscenamente que cada uno de esos anecdóticos descubrimientos hace avanzar a la humanidad.

Por el contrario, los ciudadanos sabían que a través de la Historia se podían abastecer de una conciencia política, tan necesaria en unos tiempos en los que se afirmaba la esperanza de que España podría, al fin, cambiar. A principios de los setenta del pasado siglo toda una generación de jóvenes inundaba las facultades de Historia mientras otros no tan jóvenes, mayores de veinticinco años, realizaba sus estudios en turnos de tarde-noche ya que estaban empleados en tareas laborales a las que no pensaban renunciar. Para entender estas actividades hoy tan extravagantes y poco comunes habría que recrear aquella esperanza de que los tiempos estaban cambiando y que lo mejor para empujar la mudanza era hurgar en la historia liberal de España, interrumpida por el franquismo. - J.P.F.: Con el viento a favor del interés por la historia del País Vasco has dirigido numerosas tesis doctorales y este ámbito ocupó parte principal de tu quehacer como historiador. ¿Cuál es para ti la verdadera realidad de la historia vasca?

- F.G.C.: He dirigido más de cincuenta tesis doctorales defendidas en distintas universidades españolas y extranjeras. Pero en los últimos veinte años el panorama de los jóvenes doctores ha cambiado para mal en la sociedad española. Si antes un doctorado abría casi automáticamente las puertas de la universidad, ahora están muy cerradas para las ciencias sociales y las humanidades y nuestros discípulos deben buscar otras salidas profesionales. Mi inquietud siempre ha ido más allá del puro magisterio como historiador, me he preocupado por el negro futuro profesional de mis alumnos y he denunciado el arrinconamiento que sufren las Humanidades y los que las cultivan. ¡Menos mal que en España la dirección de la tesis no comporta, como en Japón, otras obligaciones, cual la de intervenir en las decisiones fundamentales de la vida del discípulo! Por ello respiré tranquilo cuando mi alumno Tetsuro Watanabe, a sus cuarenta años, contrajo matrimonio en Tokio, pues, en cierta medida, su entorno familiar pensaba que el director de su tesis debía responsabilizarse de su cambio de estado.

Nada hay en la historia del País Vasco que permita pensar en una entidad independiente de la España que desde los años de dominación romana empezaba a gestarse. Por otro lado, hasta la aprobación del Estatuto de Guernica en 1979 no se podía hablar con rigor del País Vasco, entendiendo éste como organización político-administrativa unitaria correspondiente a Vizcaya, Álava y Guipúzcoa, territorios bien distintos entre sí con sus peculiaridades jurídicas bien diferenciadas. Los vascos, llamados así a partir del siglo XIX, participaron con los demás peninsulares en la formación de España.

La historia de lo que ahora llamamos País Vasco es la historia de la Corona de Castilla y luego de España, como región puntera de la industrialización. No hay ninguna otra región que pueda presentar más credenciales históricas para seguir siendo española como el País Vasco y menos para separarse. En el siglo XIX los más interesados, junto a los políticos, en nacionalizar España, en construir la nación española, fueron los empresarios vascos y catalanes. El propio Sabino Arana, cuando se inventó la nación vasca, reconoció que la historia de sus antepasados poco ayudaba a su proyecto de afirmación nacional.

«La historia de lo que ahora llamamos País Vasco es la historia de la Corona de Castilla y luego de España»

- J.P.F.: Tú has dedicado muchas páginas a la ideología y el discurso de los nacionalismos; ¿crees que algún día el País Vasco dejará de ser nacionalista?

- F.G.C.: Existe en el País Vasco un grave problema de degradación cultural y moral, del que ETA es símbolo y expresión. La violencia terrorista de ETA acabará pero no por eso desaparecerán automáticamente el fanatismo y la intransigencia que tan profundamente han penetrado en la sociedad vasca. La democratización como cultura y ética es en el País Vasco una asignatura mucho más pendiente que como organización jurídico-política. Por supuesto que es posible un País Vasco no nacionalista. Para ello, sin miedos ni mordazas, el pensamiento crítico debe combatir el nacional-populismo que pretende instaurar la falta de sentido del individuo y el significado único de la comunidad, del pueblo. El pensamiento racional debe combatir una ideología nada moderna que, en nombre de la identidad, pretende acabar con la pluralidad; que en nombre del pueblo quiere acabar con la ciudadanía; que en nombre de la nación lucha por acabar con los derechos de los individuos.

Este discurso se ha propuesto, desde hace más de dos siglos, golpear la base misma del edificio de la democracia. Golpear donde más duele: en el principio crítico, en el fundamento argumentativo de nuestras creencias, en la convicción de que la historia se construye por los hombres y no viene dada por la Tradición, ni por la Providencia, ni por la Tierra impávida, ni por la sangre y los muertos, ni por la Mitología nuevamente instalada en el lugar donde debería hallarse el Logos. La Iglesia vasca, por ejemplo, tiene un discurso rancio, gastado, sobre la nación, cuyo concepto es siempre inadecuado y confuso, como la categoría de pueblo, a la que continuamente apela. Sorprende que el punto de partida no sea la persona, el individuo, sujeto primario de derechos, reconocido como ciudadano en una sociedad democrática y que, como tal ciudadano, prevalece sobre las adscripciones étnicas o religiosas que pueda tener.

- J.G.C.: De acuerdo con el título de uno de tus libros, ¿cuáles son los mitos de la historia de España? Por cierto, el nacionalismo ¿mitifica siempre la historia? ¿Puede el historiador ser nacionalista?

- F.G.C.: España es una gran creadora de mitos literarios universales –Celestina, Don Quijote, Sancho, Don Juan, Carmen– que tienen enorme fuerza y contribuyen a dar una imagen distorsionada de España, como si los españoles tuvieran que ser adscritos a una u otra de esas categorías. España tiene una imagen en el mundo –algunos otros países apenas si la tienen–, pero no quiere decir que ésta responda a la realidad de una nación moderna, en la cabecera industrial del mundo. Hay un mito bicéfalo de gran operatividad política para los nacionalistas que es el de una Castilla atrasada, mística y guerrera, refugio de conquistadores y caciques, abusona de los territorios con verdadera identidad nacional y el de una Cataluña, moderna, republicana y democrática, donde el fascismo y el nacionalcatolicismo serían contagios procedentes de la Meseta. Hoy el mito es la aldea y el campanario. Hoy el mito está en el ayer. Según el mundo se ha ido haciendo más ancho, muchos españoles han ido estrechando sus horizontes, encerrados en el egocentrismo de las autonomías.

No es necesario extenderse sobre el importante papel jugado por la historia en la construcción de las naciones. No es que haya historias nacionales porque hay naciones: hay naciones porque hay acontecimientos e historias nacionales, como la guerra de la Independencia. La nación no es, se construye, y se construye en gran parte a través de la historia. La historia se convierte así en una especie de partera de la nación. De ahí que la historia sea pasto de la manipulación de los nacionalistas, de aquellos que hoy desean hacerse con una patria nueva, de aquellos que se esfuerzan en inventar una memoria separada y enfrentada a España, una memoria que reescribe su idea de nación con los renglones torcidos del mito, de la animosidad, de la diferencia. En el País Vasco es difícil encontrar historiadores profesionales –no mitómanos aficionados– nacionalistas, quizás sea la única profesión donde apenas existan, porque en otras –curas, empresarios o periodistas– se dan con sospechosa abundancia.

«La nación no es, se construye, y se construye en gran parte a través de la historia. La historia se convierte así en una especie de partera de la nación»

- J.P.F.: En otro de tus libros, de gran calado y magnífico pulso literario, te ocupaste de Los perdedores de la Historia de España. ¿Quiénes han sido esos perdedores y quiénes lo son hoy en la historia vasca?

- F.G.C.: A diferencia de la literatura, cuya empatía por lo marginal y derrotado es ya una tradición, el historiador no ha sabido escrutar a fondo el rostro de los perdedores. Es cierto que el estudio marxista glosó la clase obrera, el pueblo oprimido, frente a los déspotas y tiranos, pero su escritura se quedó en el panfletismo o en la helada disección de conceptos genéricos como clase o lucha de clases, sin ser capaz de tocar las vibraciones personales de los afectados, sin poner nombres y apellidos a las víctimas. Cuando me puse a escribir ese libro pensé que la historiografía española tenía una deuda con sus perdedores. Que éstos merecían una historia que interrogara su deriva con emoción y que, a la vez, no cayera en el maniqueísmo de considerar intrínsicamente buenos a aquellos que perdieron las guerras de su tiempo.

Tiene razón Gil de Biedma cuando afirma que la historia es una marea que todo lo devora. Lo que hay bajo sus aguas son muchos espinazos rotos, muchas vidas y muchos destinos quebrados de españoles que pagan con su marginación la derrota militar o política, que padecen el cerco de la ortodoxia religiosa y la represión inquisitorial, o purgan el fracaso de sus proyectos vitales y sus más preciosas, e incluso más sencillas, esperanzas. Los conceptos trono, libertad, religión, igualdad… aturden a muchos de sus protagonistas y no son pocos los que caen triturados bajo el peso de sus propias y más íntimas quimeras. La historia de España es rica en perdedores y olvidados, avara en crepúsculos y elegías, pero si hay marginales y periféricos, humillados y reprimidos, es porque también existen los precavidos, los aprovechados del triunfo y los inquilinos de la gloria, aunque esta, como el éxito, nunca sea definitiva. Hay perdedores porque hay ganadores y administradores de la victoria. Hay perdedores, además, que no merecen el reconocimiento sentimental, ni una lágrima, que son pusilánimes y corruptos, anacrónicos y reaccionarios o antipáticos e implacables.

Las víctimas del terrorismo etarra, desamparadas durante años por las instituciones y grupos políticos, son los últimos perdedores de nuestra historia. La presencia cotidiana del infierno y la muerte en las vidas de muchas personas desbaratadas por el fanatismo, perseguidas además por el sadismo de quienes hacen pintadas amenazadoras o auguran la muerte desde el anonimato de una llamada telefónica, esa terrible historia es, en efecto, la crónica de nuestros últimos perdedores y una crónica que el historiador de la Transición y de la España constitucional no debería pasar por alto.

«La historia de España es rica en perdedores y olvidados, avara en crepúsculos y elegías, pero si hay marginales y periféricos, humillados y reprimidos, es porque también existen los precavidos, los aprovechados del triunfo y los inquilinos de la gloria, aunque esta, como el éxito, nunca sea definitiva»

- J.P.F.: El libro por el que has recibido el Premio Nacional de Historia es Historia de España desde el arte, ¿qué añade la mirada del arte a la mirada del historiador?

- F.G.C.: No creo, como dice el aforismo, que una imagen valga más que mil palabras. Si fuera así los escritores estaríamos perdidos. Pero concebir hoy un mundo sin imágenes equivaldría a anular la conciencia histórica de la mayoría de nosotros, enseñados a sustituir un montón de palabras por una instantánea. Creer en una Historia sin rostros apoyada exclusivamente en el anonimato de los grandes hechos colectivos o en el cambio de las estructuras sociales es ya una técnica pasada de moda, en nuestra inevitable cultura de seres gráficos. Y sí creo que una palabra fecundada por la imagen la hace imbatible en su capacidad de expresión, por ejemplo, del sentido y sentimiento de España.

Un día el felón Antonio López le dijo a Felipe II que los príncipes debían temer a los historiadores tanto como las feas mujeres a los buenos pintores. Carlos III con pinta de idiota y mirada prensil, acompañado de un perro y cargado con una carabina, o la familia de Carlos IV, con aire estólido y de final de raza, parecen preguntarse si no es al revés, si en realidad, más que de los ceñudos cronistas, que retienen una imagen chata y pobre de la vida o la cargan y abruman con una dignidad que no posee, de quien de verdad deben protegerse los príncipes y monarcas es de los pinceles. El verismo justiciero del arte español ayuda al historiador a trasmitir los hábitos y los gestos de la sociedad española, a copiar la vida toda y a contagiar al lector de la belleza y la emoción de las obras maestras de nuestros grandes creadores.

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