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David Solar
 
 
David Solar Cubillas (Noja, Cantabria, 1943), es periodista por la Universidad de Navarra. Redactor de Internacional (1967-1976) en Diario Madrid, agencia Colpisa y en los semanarios Mundo y Cambio 16. Guionista (1973-1987) de Informe Semanal. Colaborador en temas de historia (1991-2004) en Hoy por hoy, de la cadena SER, con Iñaki Gabilondo, y en La Brújula, de Onda Cero, con Carmen Martínez. Colaborador habitual del diario El Mundo. En 1976, fundó Historia 16 y la dirigió entre 1978 y 1989. En otoño de 1998, fundó La Aventura de la Historia, que dirigió hasta 2008. Es profesor de Historia del Siglo XX en el máster de El Mundo.

Ha escrito centenares de artículos sobre política e historia contemporáneas, y varios libros: El problema de Oriente Medio (1975); El último día de Adolf Hitler (1995); El laberinto de Palestina (1997); Sin piedad, sin esperanza: palestinos e israelíes, la tragedia que no cesa (2002); La caída de los dioses (2005); La guerra civil española: Santander, agosto 1937 (2005); Un mundo en ruinas (2007); 1939: La venganza de Hitler (2009); Cavernas, pirámides, imperios (2011). Es asiduo conferenciante acerca de la divulgación de la historia y sobre cuestiones internacionales relativas al conflicto árabe-israelí y a cuestiones políticas, militares o estratégicas.
     
   
 

La carrera nuclear

El presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, decidió construir la bomba atómica tras la alarma que le produjeron las negras predicciones de científicos tan relevantes como Einstein, Szilard o Vannevar Bush de que la Alemania nazi podría estar tratando de conseguir tal arma. Pero cuando Estados Unidos estaba a punto de tener la bomba, en la primavera de 1945, Hitler había muerto y la guerra en Europa había concluido, de modo que los mismos científicos que habían alentado el proyecto se opusieron a la utilización de la bomba prediciendo con aterradora precisión que un bombardeo atómico abriría la «caja de Pandora» de las armas nucleares. Pese a los argumentos contrarios, los múltiples intereses militares, políticos, económicos y científicos determinaron los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki los días 6 y 9 de agosto de 1945, obligando al Japón a capitular.

En la inmediata posguerra, Estados Unidos estuvo dispuesto a compartir los secretos atómicos con sus aliados y con la URSS (Plan Baruch), eliminando su utilización militar, limitándolos a usos civiles y siempre que existiera una estricta supervisión internacional. La URSS aceptó la colaboración pero no la supervisión, pues no tenía interés alguno en que comisiones internacionales se entrometieran en sus asuntos y, menos aún, en las instalaciones secretas, que ya casi tenían a punto su propia bomba atómica.

Las primeras fricciones de la Guerra Fría determinaron que Estados Unidos cerrase sus archivos atómicos y decidiera monopolizar el arma. Sería una pretensión efímera, porque en 1949 la URSS experimentó con su primera bomba atómica. Washington dio un paso adelante construyendo la bomba de hidrógeno, un proyecto aplazado que puso en funcionamiento en 1954, pero este monopolio fue aún más efímero: poco después la URSS ya contaba con un arma similar.

Enseguida, Reino Unido, Francia y China se convirtieron en potencias atómicas y en la década de los sesenta también se incorporaron al club termonuclear.

En este libro se sigue detenidamente la evolución de los arsenales, la carrera por acrecentar el número de megatones y, a la vez, por conseguir vectores que pudieran alcanzar con mayor precisión y rapidez el potencial territorio enemigo, al tiempo que se desarrollaban medidas contra los sistemas de ataque del contrario, sobre todo, los costosísimos sistemas antimisiles.

La enloquecida carrera, generadora de gastos esquilmadores, llevó a que las dos superpotencias llegaran a almacenar 69 490 cabezas nucleares, capaces de destruir el planeta varias veces. Y, a lo largo de este proceso, hubo múltiples negociaciones, en general poco productivas, para limitar el número de vectores, de sistemas antimisiles, de diversos tipos de cohetes, de número de ojivas, etc., hasta llegar a la actual situación en la que las dos superpotencias parecen haber llegado a un consenso que, desde luego, mantiene su inmensa superioridad sobre el resto de las potencias nucleares y su capacidad destructiva. Pero ahora el gran problema y debate mundiales versa sobre la proliferación nuclear y a este asunto se dedica un amplio capítulo final en la obra.

El TNP y «la ley del embudo»

En plena carrera atómica, en 1963, el presidente estadounidense John F. Kennedy decía que el mayor peligro que podía contemplar era la proliferación nuclear: «En 1970, a menos de que se llegue a una conclusión satisfactoria de este problema, puede haber diez potencias nucleares en vez de cuatro y en 1975, quince o veinte».

Se equivocaba por poco: a finales del siglo XX ya disponían de armas nucleares India, Pakistán, Israel y Sudáfrica, aunque esta desmantelaría su industria atómica antes de que el régimen del apartheid entregara el poder a la mayoría negra. Y ya en el siglo XXI, Corea del Norte ha logrado construir su bomba e Irán lucha denodadamente por hacer lo propio.

Asumiendo la alarma de Kennedy, su sucesor en la casa Blanca, Lyndon B. Johnson, negoció con la URSS, en 1968, un acuerdo para reducir el peligro de universalización atómica mediante un Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP). El tratado, al que rápidamente se adhirió Reino Unido, tuvo sus primeras divergencias dentro del propio club atómico, pues China y Francia no se adhirieron hasta 1992, cuando consideraron que su arsenal atómico era suficientemente amenazador.

Por lo demás, la presión y la persuasión de los dos grandes lograron que 187 países firmaran el TNP, que entró en vigor en 1970. Según lo acordado:

  • Los países nucleares no transferirían tecnología armamentística atómica a los no nucleares y estos no desarrollarían tal armamento.
  • Todos los estados tendrían derecho a utilizar la energía nuclear para usos pacíficos.
  • Las potencias nucleares proporcionarían a los países no nucleares tecnología, instrumentos y materiales para el uso pacífico de la energía nuclear (científico, energético, industrial).
  • Las potencias atómicas se comprometían a iniciar negociaciones para reducir y, en último término, eliminar sus arsenales.
  • La Agencia Internacional para la Energía Atómica (AIEA), dependiente de la ONU, se encargaría de las inspecciones y salvaguardas.
Pero este compromiso fue una mera maniobra para convencer al mundo del interés general en frenar e, incluso, terminar con la proliferación. Es muy dudoso que las potencias firmantes pensaran cumplir lo referente, no ya a suprimir sus arsenales, sino a reducirlos, y la realidad es que no lo han hecho en las cuatro décadas largas transcurridas desde la firma.

Decenas de acuerdos se han firmado desde entonces, pero el compromiso más avanzado, START III , cifra para 2020 -medio siglo después de la firma del TNP- en unos 4 000 los ingenios nucleares armamentísticos existentes, lo cual parece significativo mirando de donde venimos, pero es muy poco, puesto que tales artefactos son mucho más poderosos y sofisticados que los de los años sesenta.

De ahí que el politólogo francés Charles Zorgbibe observe, decepcionado:

    El Tratado de No Proliferación no apunta nada más que a evitar la proliferación horizontal de armas nucleares, es decir, a impedir el nacimiento de nuevos centros nacionales donde se puedan tomar decisiones nucleares, pero en modo alguno dificulta la proliferación vertical, es decir, la acumulación por las potencias nucleares de armas cada vez más perfeccionadas que pueden incluso almacenarlas en territorios extranjeros a condición de conservar su control.


¿En qué situación se encuentra el TNP tras cuarenta y dos años de vigencia? Los especialistas en Derecho Internacional opinan que el tratado es tanto más necesario cuanto más desprestigiado está. Es necesario e imprescindible para contener la proliferación de armas nucleares, que sin su existencia seguramente se habrían multiplicado. Pero, a la vez, está desprestigiado por múltiples razones:

  • No ha logrado mantener el número de países poseedores de armas nucleares en los límites existentes en 1970: a los cinco iniciales ya se han unido India, Israel, Pakistán y Corea del Norte.
  • Cuando se gestó el tratado se habían efectuado unas mil pruebas nucleares y durante la vigencia del TNP se han realizado otras tantas. Peor aún, los promotores no han reducido sus arsenales nucleares tal como se comprometieron a hacer. Por el contrario, han vulnerando letra y espíritu del Tratado: quince años después de la firma del TNP, los arsenales nucleares habían duplicado el poderío de los existentes en 1970; hoy son numéricamente menores que los de entonces pero su poder destructivo es similar cuando no superior.
  • Esta postura interesada reduce la autoridad moral de los países pertenecientes al club nuclear y demuestra que la posesión de la bomba sigue siendo un símbolo de poder y un aval de seguridad.
  • Los tratados que han ido recortando el armamento nuclear han procurado satisfacer los intereses de las dos superpotencias y nunca se han enfocado hacia el cumplimiento de lo pactado en el TNP. Prueba de esa vulneración sistemática y abusiva es lo ocurrido en 2004: una iniciativa internacional presentada ante el Consejo de Seguridad por Suecia, México, Brasil, Egipto y Sudáfrica, entre otros, exigía el cumplimiento estricto de los compromisos contemplados en el TNP -sobre todo, un desarme nuclear completo-, pero fue vetado por Estados Unidos, Reino Unido y Francia.
  • A eso se añade la cicatería de los promotores en cumplir otro de los artículos del tratado: proporcionar tecnología a los países firmantes para usos pacíficos. La queja generalizada en este aspecto es que solo los amigos y aliados han disfrutado de estos beneficios, aunque a veces incluso a ellos se les haya regateado y entregado una tecnología nuclear obsoleta.

El peliagudo caso iraní

En esta situación, desde hace una década se arrastra el contencioso nuclear iraní. En Irán existe gran divergencia de opiniones sobre cualquier cosa y, en gran parte de la población, la más culta y la menos radicalmente islamista, el gran deseo es dejar atrás el régimen de los ayatolás, pero en un tema hay unanimidad casi absoluta: los iraníes desean tener centrales nucleares, utilizar energía nuclear y disponer de la bomba atómica. Y eso «porque -siguiendo a Claire Tréan- el pueblo iraní no tolera que se le vete el acceso a esa tecnología» cuando la tienen vecinos como Pakistán, India e Israel. Irán, firmante del TNP hace ya cuatro décadas largas, reclama su derecho al uso pacífico de la energía nuclear, aunque la universal y fundada sospecha es que bajo tal cobertura trata de conseguir su bomba atómica. De hecho, los múltiples incidentes, avances y retrocesos registrados entre Teherán y los inspectores del Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA) se han saldado con una ganancia de tiempo en favor de los intereses iraníes, que hoy ocultan sus instalaciones nucleares bajo tierra y disponen, quizá, de más de cien mil centrifugadoras enriqueciendo uranio por encima del 20%, lo que hace suponer que no está lejano el día en que disponga de uranio apto para armar una bomba atómica, pese al aislamiento, boicot y sanciones arbitradas por la ONU a iniciativa de Estados Unidos, Reino Unido, Francia, demás miembros de la OTAN y países afines.

Y ¿por qué este empeño -nunca antes registrado- en que Irán no acceda a la tecnología nuclear y, al final del proceso, a la bomba? No se trata tanto de que aumente el número de los miembros del club nuclear, aunque el asunto sea preocupante, sino de que sea Irán, un país incluido por Bush en el «eje del mal» a raíz del atentado contra las Torres Gemelas, un país que ha financiado terrorismo integrista en Líbano, Gaza y en Afganistán. De ahí que un Irán convertido en potencia nuclear se percibe como un acercamiento de la tecnología atómica al mundo del terrorismo.

Igualmente importante es que para la OTAN y Estados Unidos un Irán convertido en potencia nuclear se convierte en amenaza directa contra Europa y, fundamentalmente, contra Israel, pues Teherán dispone de los cohetes apropiados para alcanzar esos blancos portando bombas nucleares, si las tuviere. Asunto este especialmente grave porque el presidente Ahmadineyad no se ha recatado de amenazar reiteradamente a Israel, odiado por la usurpación del suelo palestino y por ser un potencial agresor, que ha sido capaz de interferir sus redes informáticas, de atentar contra sus científicos y de bombardear sus instalaciones nucleares, como ya hizo en el pasado con las de Siria e Irak.

Y, fundamental, porque la bomba atómica iraní elevaría el poder y el prestigio shií, desestabilizando la región, compuesta mayoritariamente por países islámicos sunníes. Con la particularidad que estos países -Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak- exportan gran parte del petróleo consumido por Europa y Estados Unidos, y dictan los precios en los mercados del crudo. La presión iraní sobre ellos es muy importante, amenazando desde hace meses con cerrar los accesos al golfo -que los árabes llaman Arábigo y los iraníes Pérsico-. Cualquier alteración en el tráfico petrolífero o en las extracciones repercutiría gravemente en la economía mundial y en los intereses de las compañías petrolíferas extractoras, en gran parte estadounidenses y europeas.

David Solar
 

 

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