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Roberto Fernández Díaz
 
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  Roberto Fernández Díaz (L’Hospitalet de Llobregat, 1954) es catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Lleida y miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia. Especialista en el siglo XVIII, es autor de numerosos libros y artículos, entre los que cabe destacar La España del siglo XVIII (1990), Manual de Historia de España: siglo XVIII (1993) y Carlos III (2001). Asimismo, ha editado España en el siglo XVIII: homenaje a Pierre Vilar (1985) e Historia social y ciencias sociales (2001), y ha dirigido la Historia de los Borbones (11 vols.) y codirigido Historia social y Literatura: familia y clases sociales en España (siglos XVII-XIX) (4 vols.) y La Historia de Lleida (9 vols.).  
     
 
Obra en la Biblioteca Básica de Historia:
La España de la Ilustración: la reforma de España
 
   

«Aprendamos a pensar históricamente nuestro presente»

La actualidad de la España del Siglo de las Luces

Decía el gran maestro de historiadores Pierre Vilar, que es necesario que los ciudadanos aprendamos a pensar históricamente nuestro presente. Y desde luego no le faltaba razón. Para entender el presente y proyectar racionalmente un futuro sostenible para la Humanidad, es preciso conocer cómo hemos creado nuestras sociedades contemporáneas a través del tiempo y mediante la acción humana. El presente es un legado del pasado y sin conocerlo con la mayor comprensión racional posible es difícil que sepamos por donde podemos caminar, con tiento pero con acierto, en los tiempos venideros. Todo es historia. Primero, en el sentido de que todo tiene un origen y un desarrollo en el tiempo. Y segundo, en el sentido de que todo es cambiante y cambiable.
Por eso, el posible lector del libro que he tenido el placer de escribir para Anaya, haría bien en recordar que la «remota» España del siglo XVIII todavía existe en nuestra «actualidad». Es un legado vivo que, sin darnos cuenta, disfrutamos en lo material y en lo espiritual.
Lo material resulta evidente cuando uno se pasea por la geografía española y contempla cómo aquella centuria nos legó innumerables maravillas arquitectónicas, urbanismos racionalistas que mejoraron las ciudades, cuando entra en los museos y contempla las obras de arte o bien cuando en los archivos puede consultar los testimonios documentales que dan fe de que hubo un tiempo en que nuestro presente empezó a fraguarse.
Pero también habita con nosotros en lo espiritual y en lo político. La centuria ilustrada subsiste con obstinación entre los proyectos que los políticos conforman para mejorar el futuro de los españoles. Conceptos de gran calado como modernidad, progreso o reforma siguen siendo parte del lenguaje y de las aspiraciones de los ciudadanos y empezaron a ser acuñados en la centuria decimoctava. Temas como la separación de la Iglesia y el Estado, la dialéctica entre España y las Españas o la europeización de los españoles continúan entre las principales preocupaciones que muestran los ciudadanos actuales y que se debaten en las tertulias radiofónicas o en los escaños del congreso de los diputados.
El siglo fue sin duda fecundo porque en su transcurso se dirimieron varias cuestiones que tienen una palpitante actualidad.
Primera: la presencia en el mundo del veterano imperio español cuando se estaba decidiendo la hegemonía en el concierto internacional, y España optó por aliarse con Francia frente a Inglaterra en la creencia de que así aseguraría mejor el vital aporte de las colonias americanas. ¿Cuál es ahora la mejor política internacional para España? ¿Cuáles sus mejores alianzas?
Segunda: la pugna entre conservadores y renovadores en materias política, económica, cultural o de costumbres. La centuria vivió la porfía de un grupo minoritario de reformistas que, a partir de los valores cada vez más triunfantes de la Ilustración (razón crítica, pública felicidad, libertad de pensamiento), lucharon por reformar el viejo orden social del Antiguo Régimen no con la intención última de sustituirlo, pero sí con la aspiración de modernizarlo para que España volviera a tener una adecuada presencia internacional y los súbditos mejoraran su nivel de vida. Reforma, sin duda, dirigida para evitar una posible revuelta social, pero reforma también para combatir a los inmovilistas que pensaban antes en sus privilegios que en el bien común de los españoles. ¿Qué debemos hacer ante la actual crisis del capitalismo financiero: continuismo, reforma o revolución?
Tercera: el siglo empezó con la primera guerra civil entre los españoles. Una contienda que partió el país entre austracistas y borbónicos, que duró casi diez años con miles de muertos y que supuso a la postre la instauración de un modelo centralizador, uniformizador, autoritario y paternalista que produjo ciertamente más Estado, más mercado y, por decirlo así, más España, pero que no daría finalmente una solución válida a las Españas, un sentimiento de doble patriotismo que siguió perdurando en una parte de los habitantes de los antiguos reinos aragoneses y las provincias vascongadas. Nuestro actual Estado de las autonomías es la respuesta contemporánea a un problema que estuvo presente y se discutió en la España de principios y de finales del Setecientos. Un problema que, como bien sabemos, todavía habita entre nosotros con polémicas que no resultan de menor enjundia y que provienen, en parte, de los diferentes ritmos de desarrollo económico que en aquella centuria se instauraron en España. Para quienes creemos en la bondad para el bien ciudadano de mantener un Estado español unitario, ¿debemos eliminar las autonomías, conservarlas y potenciarlas o construir sin complejos un Estado federal?
Cuarta: una centuria en la que el regalismo borbónico, siguiendo en ello la senda de los Austria, se empeñó en conseguir que la potente e influyente esfera de lo religioso no invadiese la política, que hubiera entre ambos espacios una sana separación que no contaminase a ninguna de las dos partes. Regalismo que fue compartido por una parte de la Iglesia católica más progresista, pero también rechazado por la gran mayoría de la clerecía. Un debate que todavía está presente entre nosotros en la práctica política y que se sustancia en diversas polémicas entre determinados gobiernos y determinadas jerarquías eclesiásticas. ¿Hemos acabado con el combate por establecer ámbitos separados entre la política y la religión?
Y quinta: el siglo vino a representar en España una fuerte impronta de renovación artística, intelectual y científica, un esfuerzo de gran magnitud por conocer mejor nuestra geografía, nuestra economía, nuestro patrimonio cultural, nuestra historia. Los ilustrados españoles no tuvieron quizá la originalidad de otros europeos, pero supieron poner las armas de la razón crítica al servicio de la mejora del país y los logros fueron numerosos en todos los campos. La geografía española está salpicada de instituciones culturales y científicas que tienen su origen en aquel siglo. Sin embargo, el debate sobre la relación entre la «inteligencia» cultural y científica y los españoles, que se abrió en España y en buena parte de Europa en el Siglo de las Luces, todavía tiene entre nosotros un asiduo recorrido y no siempre adecuadas soluciones. En cualquier caso, ¿qué aporta hoy España a la cultura y a la ciencia en el siglo de la globalización y del conocimiento?
Por cierto, hablando de Europa, cuyos avances en su unidad han sido manifiestos en los últimos cuarenta años. Se comparta o no el patriotismo europeo –que más bien parece evidente que es sólo un sentimiento marginal–, es notorio que ya todos estamos envueltos por Europa y por lo que ella significa para nuestro futuro y frente a los grandes retos que nos ponen delante otras potencias mundiales. Se debate mucho sobre la Europa económica y sobre la Europa política, pero creo que sería muy interesante no olvidarse de que tenemos pendiente un debate estratégico que en parte envuelve a los otros dos. Es un debate identitario e ideológico a la vez. Y su pregunta central es la siguiente: ¿qué Europa vamos a construir, la de la Ilustración o la del Romanticismo, la de los ciudadanos o a la de las naciones, la de la razón crítica o la de los «genios nacionales»? Si queremos pensar con calidad el futuro español y europeo –valdría decir de la Humanidad–, no deberíamos dejar de tener un ojo puesto en ese siglo que se llamó de las Luces porque supo legarnos uno de los grandes y permanente logros de los seres humanos en sociedad: construir el futuro bajo el kantiano lema de sapere aude (atrévete a pensar por ti mismo).

Roberto Fernández
Catedrático de Historia Moderna
Universidad de Lleida

 

 

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