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Manuel Florentín
 
 
Manuel Florentín Trabajó como periodista en los semanarios Tiempo y Tribuna, llegando a ser jefe de las secciones de Internacional y Edición de este último. Cubrió durante años la actualidad de la Unión Europea, en múltiples ocasiones en Bruselas y Estrasburgo. Ha cubierto también las guerras de Yugoslavia y del golfo Pérsico, y la invasión de Panamá; ha entrevistado a gobernantes de todo el mundo y ha colaborado con distintos medios, como El País, Diario 16, Ya, Radio Exterior de España y las revistas especializadas La Aventura de la Historia, Historia 16, Historia y Vida, y Clío. Es autor del libro Guía de la Europa Negra: sesenta años de extrema derecha, y coautor de Los riesgos para la democracia, fascismo y neofascismo; Israel-Palestina, claves históricas de un conflicto centenario; La extrema derecha en Europa; y Estados Unidos, historia de una política exterior. Ha participado en distintos seminarios y mesas redondas. Actualmente, ejerce su labor profesional como editor.
 
     
 
Obra en la Biblioteca Básica de Historia:
La unidad europea: Historia de un sueño


 
 

Europa: pasado, presente y... ¿futuro?


Desde que era pequeño siempre estuve más interesado en seguir la información internacional que la nacional, algo que me sigue ocurriendo. En aquellos años sesenta y setenta, primero en los últimos años de la dictadura y luego en la Transición, ocupaba un gran espacio en los medios de comunicación aquello que se llamaba el Mercado Común. En la información que se daba siempre subyacía la idea de que debíamos pertenecer a aquel club de países que daba prosperidad, estabilidad y paz a un continente cuyos últimos doscientos años habían estado marcados por guerras sangrientas. En una España que también había sufrido sus guerras –en nuestro caso civiles– y nuestras hambrunas, la idea de pertenecer al Mercado Común era poco menos que imprescindible.

Al final se logró en los años ochenta, tras un largo proceso de negociaciones que no fue fácil por las trabas y condiciones que pusieron algunos de los países miembros -como Francia- que veían en algunos de los sectores productivos españoles una gran competencia para sus intereses nacionales. Una vez ingresados nos convertimos en uno de los países más activamente euroentusiastas de toda la Comunidad Europea, tanto la clase política como la sociedad en general. Probablemente porque suponía la aceptación de nuestro país en el club de los demócratas europeos después de cuarenta años de dictadura, ostracismo y autarquía. España entraba en la normalidad económica europea, lo cual además vino acompañado de un bienestar sin igual: nunca España había experimentado tal crecimiento económico ni tal estabilidad social en toda su historia.

Pasaron los años y llegó la crisis de 2008. Nuestro país pasó de ser el más euroentusiasta a uno de los más euroescépticos de la Unión Europea (UE). Y no sin razón: la falta de respuestas de la UE a la crisis económica y al paro y, lo que es más grave, la insolidaridad entre los Estados miembros y el fraccionamiento comunitario entre los países «ricos» del norte y los «pobres» del sur. Unos y otros resucitaron los viejos prejuicios del pasado que algunos dirigentes políticos usaron como armas arrojadizas jaleados por los medios de comunicación afines. Cuando entramos en la Comunidad Económica Europea (CEE), todo el mundo pensaba que ingresábamos en un organismo perfecto, serio, estable, eficaz, moderno, avanzado, democrático, progresista, «europeo»..., sin preocuparnos en exceso en saber qué era, cómo funciona, cómo se formó, su historia... Todo lo que venía de Bruselas tenía una gran acogida. Aquí se aprobaban los tratados sin el menor debate político y social, lo que no pasaba en el resto de Europa. En cambio, con la crisis hemos pasado rápidamente de la mitificación del sueño europeo a que Bruselas –o Berlín, dependiendo del caso– sea la responsable de todo. Se habla de las instituciones comunitarias atribuyéndoles competencias que a veces no tienen, como por ejemplo a la Comisión a la que se considera como una especie de Gobierno de Europa cuando no lo es.

Lo cierto es que ni aquella CEE era la panacea, ni la actual Unión Europea y el euro, a pesar de la crisis, son tan negativos como se oye en foros, tertulias o a pie de calle. No podemos pasar del euroentusiasmo al euroescepticismo con tanta facilidad. Para evitarlo nos hemos propuesto acercar al lector lo que es la UE: cómo funciona; cuáles son sus instituciones, mecanismos, políticas; qué importancia tiene y ha tenido para Europa y para nuestro país… Lo hacemos desde el punto de vista histórico explicando cuándo y cómo nace, no sólo la actual UE, sino el sueño de la unidad europea, cómo se desarrolla a lo largo de los siglos, cómo llega hasta nuestros días..., y cómo podría desarrollarse a partir de la crisis de 2008. Cómo ha permitido darle a Europa –y a España desde nuestro ingreso– su periodo más largo de paz, estabilidad y desarrollo económico; a veces por sus mecánicas institucionales, a veces por empeños personales. También los errores que en algunos casos, como desde la crisis de 2008, han puesto en peligro los logros del pasado.

Para ello nos remontamos a los tiempos de la antigua Grecia, de donde nos viene el nombre de Europa, y al medievo, que es el periodo en el que se van gestando las primeras ideas de unidad europea. Una idea que ya entonces contaba con las mismas premisas de las que van a partir los padres fundadores de la actual UE, allá por los años cincuenta del siglo XX: evitar nuevas guerras en el continente europeo y crear un foro en el que se diriman las diferencias, se progrese en el bienestar común y se busquen alianzas para enfrentarse a los retos y peligros comunes. Las raíces y bases de esta unidad: los elementos que nos unen como son las herencias culturales grecorromana y judeocristiana. Pasaron los siglos y se fueron complementando las tesis de Dante, Erasmo –uno de los primeros en resaltar lo que tenemos en común los europeos frente a lo que nos diferencia–, Luis Vives, el abate de Saint-Pierre, Kant, Rousseau, Victor Hugo…–es curioso constatar que algunos ya apuntaban la creación de instituciones comunitarias no muy alejadas de las que hoy tenemos–, hasta llegar al Movimiento Paneuropeo, tras el drama de la Primera Guerra Mundial, y posteriormente lo que hoy es la Unión Europea, cuyos primeros pasos se dan con el principal objetivo de que no se volviera a repetir el horror de la Segunda Guerra Mundial.

Siguiendo el esquema de la colección Biblioteca Básica de Historia de Anaya, el libro pretende ser divulgativo y ameno a la vez, apoyando el texto general con recuadros sintéticos, mapas aclarativos, fotos e ilustraciones, textos originales, anécdotas... que ayuden a entender mejor qué fue, qué es y qué puede ser el sueño de la unidad europea; porque si de algo tenemos que convencernos es de que la Unión Europea no es un ente definitivamente establecido, sino un proceso en marcha. Que seguirá haciéndose y lo más probable es que se haga siguiendo la misma dinámica que hasta ahora: a base de trompicones, crisis políticas y económicas internas y externas, desencuentros, desajustes, consejos europeos en los que las medidas se aprueban a última hora –el último día y de madrugada– y nunca al gusto de todos, en una cesión común de posturas después de encendidas discusiones y desplantes, agrandados a veces por los titulares de la prensa... En la UE, los optimistas llaman a esta dinámica consenso por el bien de la comunidad; mientras que para los pesimistas recuerda a lo que decía el general Patton de que un camello es el resultado final de someter a un caballo a las discusiones de una comisión. Y la razón de esta aparente ineficacia quizá se deba a la naturaleza de la UE: un club de Estados-nación, con una larga carga histórica, que han elegido libremente vivir juntos pero sin dejar de defender sus intereses nacionales, los cuales a veces no coinciden con el resto de la comunidad. No obstante, pese a las trabas de la crisis de 2008 y los riesgos de que la UE y el euro pudieran desaparecer –nunca se estuvo tan cerca de ello a lo largo de su historia como en los últimos años–, lo cierto es que sigue avanzando hacia un modelo más o menos federal, que también traerá sus problemas. Entre otras razones, porque el futuro de los países miembros depende de ello, ninguno podría mantener su calidad de vida actual en el mundo globalizado de hoy en día. Hay una expresión comunitaria que dice que en la Unión Europea hace frío, pero que fuera hace más frío. Todo el mundo la crítica, ninguna resolución o tratado satisface a nadie, pero nadie quiere irse y son muchos los que quieren entrar, incluso los que no son europeos.

 

 

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